Unas palabras sobre el debut de Suicide, 1977
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Desde las entrañas más oscuras de la ciudad.
Así suena la alcantarilla simbólica de occidente.
Suicide le puso sonidos a la pesadilla del progreso, del olvido del ser humano.
El dúo utilizaba la música electrónica, el art rock, el synthpop como un arma de destrucción.
Desde el centro mismo del capital expresaban el dolor mismo, el miedo existencial.
Al escucharlo me siento una cucaracha, un Gregorio Samsa en las calles malolientes de una Nueva York efervescente.
Una música como una bomba de tiempo a punto de explotar por los aires.
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Alan Vega era un escultor de no tanto renombre en la New York pre punk. Realizaba obras, readymades, cosas kitsch, arte porno y demás atrocidades donde pocos consideran arte de museo, de exposición.
En un taller en el Soho llamado el colectivo de Living Artists conoce a su socio de ahí en adelante Martin Rev.
Rev el brujo de los teclados podría considerarse un músico de free jazz que empleó su sinte como un rifle de asalto. Minimalista y afiladísimo. Gélido como la mirada de Travis Bickle en Taxi Driver. Gélido como cualquier esquina de la ciudad tomada por el caos y la angustia de la modernidad.
Los ritmos de este disco debut toman en algunos temas elementos del rockabilly mientras que la voz de Alan Vega es la de un Elvis empastillado y neurótico. Un Elvis con electroshock. Y en otros momentos más calmos nos traen baladas velvetianas como los mejores alumnos de Cale / Reed, preciosos momentos de alabanza oscura. En este pase mágico solamente inventan a toda la camada de las bandas de la neopsicodelia que vendrán.
No se puede bailar en la cornisa misma de la locura aunque este disco debut suena bastante a eso. En los diez minutos de la fascinante Frankie Teardrop tenemos una muestra gratis de como suena el infierno mismo, como un cuarto sin ventanas en un neuropsiquiátrico.
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